Aprovechando el azueto de carnaval nos escapamos hacia una de las más hermosas playas del Edo. Falcón, en Venezuela. Esta playa está situada en el extremo norte del país, su entorno es agreste y la vegetación es xerófila, pero una duna gigantesca de dorada arena cae de repente sobre el mar formando un paisaje que invita y cautiva. Estoy hablando de la playa del “Cabo San Roman”.
La tarde fue cayendo poco a poco y el sol se ponía sobre un firmamento despejado que mostraba un color rojizo desde unas nubes lejanas y difusas, solo el graznido de las aves marinas rasgaban la tranquilidad del día. Dentro de poco debíamos partir, ella con un rumbo y yo con otro, quedaba poco tiempo para nuestro amor. Aprovechando la confianza de nuestras familias, no fuimos caminando por la playa, mientras un mar cómplice de nuestro amor borraba nuestras huellas con el agua. Nos alejamos de toda mirada curiosa y entre unos arbustos, sobre una suave cama de arena, la hice mía y fuí suyo, nos amamos con la certeza de tener que separarnos, fue maravilloso. Ya no podríamos olvidarnos mutuamente, ya teníamos una historia.
Nuestras familias intercambiaron teléfonos y despedidas, nosotros intercambiamos miradas de tristeza y complicidad. Mi corazón saltaba como loco, debí meterme en el vehículo para soportar la despedida y pude ver como se alejaban por el sendero de tierra y arena, endurecido quizá por tantas otras despedidas y por el peso de los todo terreno que lo transitan.
En el regreso estuve en silencio, no podía olvidar cada momento vivido, su belleza, su cuerpo, su olor, nuestro secreto. No se cuando la volveré a ver, solo espero que sea pronto o moriré de melancolía y me volveré bohemio y meditabundo.








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1 lector ha dejado su comentario
Banal y anodino.
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